¿Qué es el pecado y qué dice la Biblia sobre él?


El significado original (etimológico) de la palabra pecado es "errar el blanco". Esto quiere decir que cuando pecamos no acertamos o nos desviamos de lo que hubiera sido correcto hacer.

Todos podemos recordar momentos en los que hemos dicho o hecho algo errado, algo de lo cual nos hemos arrepentido después. Pero cuando la Biblia habla sobre el pecado habla de algo más profundo que eso, algo que trae consecuencias eternas.

¿Cómo define el pecado la Biblia ?

El concepto de pecado en la Biblia se refiere a quebrantar o transgredir la ley de Dios. En 1 Juan 3:4 leemos:

1 Juan 3:4
Todo el que comete pecado quebranta la ley; de hecho, el pecado es transgresión de la ley.
(1 Juan 3:4)

Desde el principio, Dios ha sido claro en cuanto a lo que podemos hacer y lo que no (Génesis 2:16-17). En la Biblia, que es la Palabra de Dios, encontramos leyes explícitas tales como los diez mandamientos. Dios ha dado esas leyes para nuestro beneficio. Estas nos ayudan a actuar de forma correcta ante él y ante los demás, y a la vez nos protegen de cometer errores que pueden traernos consecuencias terribles no solo en nuestro día a día sino por la eternidad.

Cuando desobedecemos a Dios ignorando su ley, lo hacemos (consciente o inconscientemente) guiados por una actitud rebelde. La base del pecado se encuentra en la rebeldía contra Dios y sus mandatos. El corazón rebelde es en realidad uno orgulloso. Quiere probar que sabe más que Dios, que puede solucionar las cosas a su manera y por sus propias fuerzas.

Y es precisamente así, con esa actitud de rebeldía, que comenzó todo ...

¿Cómo entró el pecado al mundo?

Cuando Dios creó al hombre, lo puso en el jardín del Edén y le encargó que lo cultivara y lo cuidara. Sin embargo, le dio una orden muy clara:

Génesis 2:16b-17
Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás.
(Génesis 2:16b-17)

El hombre podía comer de todos los árboles del jardín del Edén menos uno: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Y fue precisamente de esa prohibición que se valió la serpiente (el diablo) para tentar al hombre y a la mujer. Encontramos el relato en Génesis 3:1-5.

La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Dios el Señor había hecho, así que le preguntó a la mujer: —¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?
—Podemos comer del fruto de todos los árboles —respondió la mujer—. Pero, en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: “No coman de ese árbol, ni lo toquen; de lo contrario, morirán”.
Pero la serpiente le dijo a la mujer: —¡No es cierto, no van a morir! Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal.
(Génesis 3:1-5)

Aquí vemos claramente la forma en la que el diablo ha obrado desde el principio en su intento por engañar a los seres humanos. Primero, habló a solas con Eva. Esperó un momento en el que Adán no estaba presente y aprovechó un momento de aparente vulnerabilidad. Luego vemos que actuó con astucia, con conocimiento, creó dudas y apeló al deseo de poder y de grandeza.

  • Con astucia: La serpiente fue hábil para engañar con cautela y delicadeza. Comienza con una pregunta de la cual ya sabía la respuesta. Habla con Eva como si fueran amigas conversando sobre algo rutinario.
  • Con conocimiento: La serpiente conocía la prohibición de Dios y las consecuencias que traería la desobediencia. Se había informado bien y presentó su argumento de forma engañosa, pero con firmeza.
  • Creó dudas en el corazón de Eva y básicamente llamó a Dios mentiroso. La engañó al tergiversar el significado de la palabra muerte. No explicó que la desobediencia traería como consecuencia la muerte espiritual, la separación entre el hombre y Dios.
  • Apeló al deseo de poder y de grandeza que había en el corazón de Eva. Le dijo: «llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal.»

Tristemente, primero Eva y después Adán, escogieron desobedecer a Dios y hacerle caso a la serpiente (el diablo). Este acto marcó la ruptura de la amistad especial que ellos habían disfrutado con Dios hasta ese momento. El hombre cedió a su ambición de ser como Dios menospreciando así la relación tan especial que había disfrutado hasta entonces.

¿Qué significa eso para nosotros? Que ese acto de desobediencia abrió la puerta para que el pecado formara parte de nuestras vidas. Desde entonces, todos hemos nacido con la tendencia a desobedecer o hacer lo incorrecto delante de Dios.

Siempre podemos elegir y debemos hacerlo, pero esa tendencia forma ahora parte de nuestro impulso natural. No nacemos con la culpa del pecado de Adán y Eva, pero sí con una inclinación natural a desobedecer los mandatos de Dios. La Biblia llama a esta tendencia nuestra naturaleza pecaminosa (Romanos 8).

Dios detesta el pecado porque crea una barrera de separación entre él y nosotros y nos aparta de su voluntad.

La mano del Señor no es corta para salvar, ni es sordo su oído para oír. Son las iniquidades de ustedes las que los separan de su Dios. Son estos pecados los que lo llevan a ocultar su rostro para no escuchar.
(Isaías 59:1-2)

¿Cuál es la solución?

Entonces, ¿qué sucede? ¿Hay solución para nosotros? ¡Claro que la hay! ¡Jesús! Tan pronto el hombre pecó Dios comenzó a diseñar el plan para su redención.

Romanos 5:12 dice:

«Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron».
(Romanos 5:12)

Pero luego, en Romanos 5:15 llegan las buenas noticias sobre la solución del Padre celestial: ¡su infinita gracia manifiesta a través de Jesús!

Romanos 5:15
Pero la transgresión de Adán no puede compararse con la gracia de Dios. Pues, si por la transgresión de un solo hombre murieron todos, ¡cuánto más el don que vino por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, abundó para todos!
(Romanos 5:15)

El don o regalo de Dios para con nosotros es su gracia. Y esta, revelada a través de Jesús, es mucho más grande y tiene mucho más poder que el pecado. Jesús, Dios encarnado, vino al mundo para que todos podamos tener la oportunidad de recibir el perdón por nuestros pecados. Él estuvo dispuesto a morir en la cruz y llevar nuestras culpas para que a través de su sacrificio nosotros podamos tener vida eterna.

¿Qué tenemos que hacer para poder tener la certeza de su perdón y la vida eterna? Solo necesitamos aceptar el sacrificio de Jesús como válido para nosotros pidiéndole perdón por nuestros pecados y reconociéndolo como nuestro Señor y Salvador. Él ya obtuvo la vida eterna para nosotros. Solo necesitamos apropiarnos de ese regalo aceptando que Dios venga a ser Rey y Señor de nuestras vidas.

Romanos 10:8b-9
Esta es la palabra de fe que predicamos: que, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo.
(Romanos 10:8b-9)

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6 citas bíblicas sobre el pecado

Romanos 5:8

Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.
(Romanos 5:8)

Romanos 3:23-24

... pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó.

1 Juan 1:8-9

Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.
(1 Juan 1:8-9)

Romanos 6:23

Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.
(Romanos 6:23)

Juan 3:17

Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.
(Juan 3:17)

1 Pedro 1:18-19

Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda que heredaron de sus antepasados. El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto.
(1 Pedro 1:18-19)

¡Gracias, Señor, por el perdón de nuestros pecados!

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