Salmo 144, oración de rescate y prosperidad


El Salmo 144 es uno de los salmos escritos por David en forma de oración. David comienza bendiciendo a Dios y reconociendo sus bondades, su cuidado y su poder. Según el salmo progresa, David pide al Señor que lo rescate de sus enemigos y lo mantenga a salvo. El salmo termina con una petición de prosperidad y la afirmación de que la mayor dicha que jamás podemos disfrutar es la de tener al Señor como nuestro Dios.

David exalta al Señor por sus bondades

Bendito sea el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para la guerra,
mis dedos para la batalla.
Él es mi Dios amoroso, mi amparo,
mi más alto escondite, mi libertador,
mi escudo, en quien me refugio.
Él es quien pone los pueblos a mis pies.
(Salmo 144:1-2)

La oración de David comienza con una frase de exaltación al Señor. David había enfrentado muchas batallas a lo largo de su vida, primero como pastor de ovejas y luego como rey de Israel. Pero Dios había sido siempre su Roca firme. Él había vencido a cada uno de sus enemigos apoyándose y confiando en las promesas y el poder de Dios.

David sabía que las victorias conseguidas no se debían a su propia fuerza o a sus habilidades. ¡Venían del Señor Dios todopoderoso! Dios mismo lo había adiestrado y le había concedido la capacidad para vencer a sus enemigos, fueran ellos animales salvajes o pueblos que luchaban contra el pueblo de Dios. Cada batalla ganada por David fue para la gloria de Dios.

David tenía una relación muy profunda y genuina con Dios fruto de las experiencias vividas con él. En el versículo 2, David intenta expresar todo lo que Dios significaba para él. Dios le había dado amor, amparo, protección, liberación, había sido su escudo y su refugio. Dios no le había fallado jamás y el corazón de David estaba repleto de gratitud.

Señor, ¿qué es el mortal para que lo cuides? ¿Qué es el ser humano para que en él pienses? Todo mortal es como un suspiro; sus días son fugaces como una sombra. (Salmo 144:3-4)

Señor, ¿qué es el mortal para que lo cuides?
¿Qué es el ser humano para que en él pienses?
Todo mortal es como un suspiro;
sus días son fugaces como una sombra.
(Salmo 144:3-4)

En los versículos 3 y 4 David muestra su asombro ante la actitud de Dios para con los seres humanos. ¡Que el Dios todopoderoso y eterno se digne a cuidarnos y que piense en nosotros - seres mortales creados por él - es algo sorprendente!

Se puede percibir la humildad y cierta fragilidad en David al identificarse como un simple mortal cuya vida podía terminar en cualquier momento. Dios es inmortal y tiene todo el poder, pero nuestra vida física en la tierra y nuestras fuerzas son finitas. Sin embargo, para Dios somos importantes y él se interesa en nuestro bienestar. ¡Así de grande es su amor!

Este mismo sentir de asombro se ve en el Salmo 8. El universo es mucho más grande que nosotros: ¡es inmenso! Sin embargo, Dios se fija en nosotros los seres humanos, nos ama y nos ofrece su salvación. Eso, más el hecho de que él desee bendecirnos y hasta relacionarse con nosotros, debería hacernos exclamar junto con David:

Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto:
«¿Qué es el hombre, para que en él pienses?
¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?»
(Salmo 8:3-4)

Petición de rescate frente a los enemigos

Abre tus cielos, Señor, y desciende;
toca los montes y haz que echen humo.
Lanza relámpagos y dispersa al enemigo;
dispara tus flechas y ponlo en retirada.
Extiende tu mano desde las alturas
y sálvame de las aguas tumultuosas;
líbrame del poder de gente extraña.
Cuando abren la boca, dicen mentiras;
cuando levantan su diestra, juran en falso.
(Salmo 144:5-8)

Ponme a salvo,
líbrame del poder de gente extraña.
Cuando abren la boca, dicen mentiras;
cuando levantan su diestra, juran en falso.
(Salmo 144:11)

La oración de David se convierte en una petición de rescate frente a los que batallaban contra él y contra el pueblo de Dios. David tenía confianza plena en el poder sobrenatural de Dios y sabía que él los podía librar de todos sus enemigos, tal como lo había hecho en ocasiones anteriores. Él esperaba ver la manifestación de la presencia de Dios de forma poderosa una vez más.

Los enemigos de los que hablaba David eran gente extraña y mentirosa, o sea, pueblos que no servían al Señor y que amaban la falsedad. David sabía que Dios podía obrar y librarlos de esos enemigos. Ya en otras ocasiones ellos habían experimentado la liberación poderosa de sus enemigos gracias a la intervención divina. David confiaba en que Dios haría algo poderoso una vez más. Esa victoria los inspiraría a cantar una nueva alabanza al Señor.

Te cantaré, oh Dios, un cántico nuevo;
con el arpa de diez cuerdas te cantaré salmos.
Tú das la victoria a los reyes;
a tu siervo David lo libras de la cruenta espada.
(Salmo 144:9-10)

Petición de prosperidad

Que nuestros hijos, en su juventud,
crezcan como plantas frondosas;
que sean nuestras hijas como columnas
esculpidas para adornar un palacio.
Que nuestros graneros se llenen
con provisiones de toda especie.
Que nuestros rebaños aumenten por millares,
por decenas de millares en nuestros campos.
Que nuestros bueyes arrastren cargas pesadas;
que no haya brechas ni salidas,
ni gritos de angustia en nuestras calles.
¡Dichoso el pueblo que recibe todo esto!
¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!
(Salmo 144:12-15)

David esperaba que el pueblo pudiera experimentar muchos años de paz y prosperidad y elevó peticiones a Dios sabiendo que toda cosa buena viene de él. Sus anhelos eran similares a los de cualquier otra persona. Quería ver a sus hijos e hijas crecer fuertes y convertirse en columnas o familias establecidas y prósperas.

Todos anhelamos bendiciones, estabilidad económica, trabajo, provisión constante y paz. Esas fueron las peticiones de David ante el Señor. Tener todo lo que se necesita cada día trae tranquilidad al corazón. David finaliza el salmo reconociendo que el pueblo que recibe todo eso es el pueblo que pertenece al Señor. Es en él que somos realmente bendecidos.

¡Sí! Ser pueblo de Dios trae gran dicha y felicidad. ¡Bienaventurados los que sirven al Dios todopoderoso! Vivir con él y para él redunda en bendiciones espirituales y también en la provisión de las necesidades básicas de cada día. ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!

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