Los siete pecados capitales


Los pecados capitales son, según la enseñanza de la fe católica, siete inclinaciones naturales del ser humano que pueden llevarle a caer en otros pecados. En el siglo sexto el papa Gregorio oficializó la primera lista de siete compuesta por el orgullo, la envidia, la avaricia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza.

El término "capital" no se refiere a lo grave de estos pecados sino a que muchas veces nos llevan a cometer otros. La Biblia no da un listado de pecados capitales aunque sí nos habla de estos siete y nos anima a vencerlos. Veamos una breve definición de cada uno.

  • Orgullo o soberbia: estima y amor indebido por sí mismo. Apreciación descontrolada del valor propio, búsqueda intensa de atención y honor.
  • Envidia, celos: deseo desordenado de poseer lo que otros tienen. Gran tristeza o pesar ante el bien de otros y alegría frente a sus contratiempos.
  • Avaricia: deseo excesivo por obtener bienes materiales y riquezas estando dispuesto a usar, de ser necesario, medios ilícitos para conseguirlos.
  • Ira: sentimiento de gran enojo que nos lleva a comportarnos de forma cruel y violenta. La causa puede ser real o aparente, pero el sentimiento es tan fuerte que muchas veces nubla la razón e impide diferenciar.
  • Lujuria: deseo desmedido de los placeres carnales que conduce a la inmoralidad sexual. Busca satisfacer el deseo sexual de forma impulsiva y desordenada.
  • Gula: glotonería, apetito descontrolado por la comida y la bebida. No entiende de límites económicos o del daño que pueda causar a la salud o a sus relaciones interpersonales.
  • Pereza: afición desequilibrada al descanso y al ocio. Descuida sus deberes para con Dios, consigo mismo y con la sociedad.

Qué dice la Biblia sobre ellos y cómo vencerlos

1. Orgullo

La Biblia deja claro que a Dios no le agrada el orgullo y nos advierte que su fruto es la destrucción. «Al orgullo le sigue la destrucción; a la altanería, el fracaso» (Proverbios 16:18). Destruye amistades, familias y destruye nuestra dependencia de Dios.

Nuestra actitud debe ser de humildad, de aprecio a los que nos rodean. Romanos 12:3 nos exhorta: «Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación».

El Señor es excelso, pero toma en cuenta a los humildes y mira de lejos a los orgullosos.
(Salmo 138:6)

El mayor ejemplo de humildad lo encontramos en Jesús y él debe ser nuestro modelo en todo. Jesús estuvo dispuesto a humillarse por amor a nosotros y morir en la cruz para darnos salvación. Debemos dejar que su amor nos transforme y fluya a través de nuestras vidas para que él reciba toda la gloria.

La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!
(Filipenses 2:5-8)

2. Envidia, celos

La envida trae disensión y discordia. «Porque donde hay envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas» (Santiago 3:16). Muchas veces somos tentados por la envidia al ver a otros triunfar o ser reconocidos y sentirnos ignorados. Ahí comienza a plantarse la semilla de la envidia y los celos. Necesitamos estar alertas y firmes en el Señor para no ceder ni caer en su trampa.

Nuestra actitud cambia cuando estamos llenos del Espíritu Santo. Aprendemos a gozarnos con los logros de los demás. En Romanos 12:15 dice: «Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran». Ahí está la clave. Primero, aprender a estar felices y satisfechos con todo lo que Dios nos ha dado. Luego, pedir a Dios que transforme nuestro corazón para que podamos sentir un gozo genuino al ver los logros de los demás.

En otro tiempo también nosotros éramos necios y desobedientes. Estábamos descarriados y éramos esclavos de todo género de pasiones y placeres. Vivíamos en la malicia y en la envidia. Éramos detestables y nos odiábamos unos a otros. Pero, cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por su misericordia. 
(Tito 3:3-5)

3. Avaricia

Dios nos provee todo lo que necesitamos, debemos estar satisfechos con su provisión. La avaricia crece cuando sacamos a Dios del trono de nuestro corazón y colocamos la insatisfacción y el deseo de tener más. Mateo 6:24 dice «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas». Para librarnos de la avaricia necesitamos decidir quién será el dueño de nuestro corazón.

Vencemos la avaricia con la gratitud por la provisión de Dios. «Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: «Nunca te dejaré; jamás te abandonaré» (Hebreos 13:5). Debemos confiar que la provisión de Dios es y siempre será suficiente, estar contentos y ser agradecidos. 

Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores.
(1 Timoteo 6:8-10)

4. Ira

La Biblia no nos prohibe enojarnos. El enojo es una emoción buena en circunstancias tales como la injusticia, el abuso o la opresión impulsándonos a contribuir para evitar que esa situación continúe.

Lo que la Biblia sí prohibe es dejar que el enojo se convierta en ira destructiva e irracional. En Efesios 4:26-27 leemos: «Si se enojan, no pequen. No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol, ni den cabida al diablo». Vemos que hay un nivel de enojo, la ira, que es pecaminoso y no debemos permitir que nos domine pues abre una puerta a la influencia del diablo.

Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse; pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere (Santiago 1:19-20).

Cuando la ira toma control perdemos de vista la presencia de Dios y olvidamos que podemos confiar en él. Queremos tomar la justicia en nuestras manos y hacer que la otra persona pague y tenga su merecido. Pero no debe ser así. Debemos confiar siempre en la justicia de Dios y hacer lo que es bueno y agradable ante sus ojos.

No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», dice el Señor. Antes bien, «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta». No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.
(Romanos 12:19-21)

5. Lujuria

Cuando Jesús entra en nuestros corazones transforma la forma en que vemos todo, incluido nuestro cuerpo. Nos damos cuenta de que nuestro cuerpo le pertenece a Dios ya que él nos creó. Su propósito para nosotros es que le glorifiquemos en todas nuestras acciones, palabras y pensamientos.

Todas las áreas de nuestra vida deben mostrar que Jesús es nuestro Señor. Necesitamos someter a él el área sexual. Cuando somos de Dios tratamos con respeto nuestro cuerpo y el de los demás, no dejamos que nos controlen pensamientos impropios que no glorifican a Dios. Rechazamos lo que no desagrada a Dios y dejamos que el Espíritu Santo nos dirija y nos enseñe a apreciar y respetar nuestro cuerpo y el de los que nos rodean.

Huyan de la inmoralidad sexual. Todos los demás pecados que una persona comete quedan fuera de su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo. ¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios.
(1 Corintios 6:18-20)

6. Gula

Este es otro pecado que daña nuestro cuerpo. Algunos piensan que para mostrar su valor deben comer con abundancia en restaurantes exclusivos y beber bebidas costosas. Otros intentan saciar sus necesidades emocionales o reparar el daño que han causado a sus seres queridos a través de la comida y las bebidas alcohólicas. Nada de esto agrada a Dios.

Hijo mío, presta atención y sé sabio; mantén tu corazón en el camino recto. No te juntes con los que beben mucho vino, ni con los que se hartan de carne, pues borrachos y glotones, por su indolencia, acaban harapientos y en la pobreza.
(Proverbios 23:19-21)

La gula afecta nuestra salud, nuestras finanzas y nuestra relación con los demás. Nos aparta de los seres amados porque nos enfocamos en comer o beber en lugar de buscar resolver nuestros conflictos y problemas dialogando o pidiendo sabiduría a Dios. Si nos llenamos de Dios y vemos nuestros problemas o nuestra apariencia como él los ve, nos refugiaremos en él y no en la comida o la bebida.

Vivamos decentemente, como a la luz del día, no en orgías y borracheras, ni en inmoralidad sexual y libertinaje, ni en disensiones y envidias. Más bien, revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la naturaleza pecaminosa.
(Romanos 13:13-14)

7. Pereza

El perezoso se aparta de los demás física y emocionalmente pues solo desea su propio descanso y bienestar. Proverbios 6:9-11 lo describe así: «Perezoso, ¿cuánto tiempo más seguirás acostado? ¿Cuándo despertarás de tu sueño? Un corto sueño, una breve siesta, un pequeño descanso, cruzado de brazos… ¡y te asaltará la pobreza como un bandido, y la escasez como un hombre armado!»

Dios nos ha dado a todos habilidades, dones que debemos usar para trabajar, sostenernos a nosotros y a nuestras familias y aportar a la sociedad. Dios pone deseos en nuestro corazón y nos da las herramientas para cumplirlos. Debemos ser diligentes en descubrir y usar esas habilidades que él nos ha dado. Es una forma de mostrar gratitud y aprecio a Dios por su diseño en nosotros.

Nunca dejen de ser diligentes; antes bien, sirvan al Señor con el fervor que da el Espíritu.
(Romanos 12:11)

La victoria sobre el pecado

El pecado nos separa de Dios e impide que sus propósitos se cumplan en nosotros. Todos tenemos luchas. Sea con uno de estos siete pecados o cualquier otro, a menudo batallamos contra nuestra naturaleza pecaminosa. Pero Dios nos ha dado las herramientas para vencer el pecado. Podemos acercarnos a Dios en oración, con actitud humilde y de arrepentimiento. Dios nunca rechaza un corazón que reconoce que ha fallado. El Salmo 51:17 dice «Tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido».

Y así es. Cuando venimos  en humildad ante él, Dios nos recibe, nos perdona y nos restaura. Nos llena de su Espíritu Santo y nos ayuda a vivir en santidad mostrando su amor, reflejando la victoria sobre nuestros pecados y el gozo de ser guiados por él.

Los que son de Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu.
(Gálatas 5:24-25

Descubre cómo recibir el perdón de Dios.